¿Nos mojamos?

¿Nos mojamos? Esta pregunta parece haberse convertido en la obligación mínima para conseguir medalla en Río. A dos días de que acaben los Juegos, cuatro de las diez medallas españolas han venido gracias al agua. En todos los sentidos. A la natación, al piragüismo, a las aguas tranquilas y también gracias a la lluvia. Aquel fatídico 12 de agosto, con previsión de lluvia (que acabó por confirmarse en Brasil) terminó con Rafa Nadal y Marc López con otra medalla. Además, de oro. Aquel día parecía interminable para Rafa Nadal. Contando con esto podemos decir que todos los oros que llevamos hasta el momento han sido gracias al agua. 

Primero fue Mireia Belmonte. La badalonesa en un primer catamiento se hizo con la medalla de bronce en los 400 estilos. Era una primera toma de contacto con las piscinas canarinhas y salió bien. En los 200 mariposa consiguió la medalla de oro tras superar a la australiana Madeline Groves y a la nipona Natsumi Hoshi. Pero no sólo mojarse o tirarse a la piscina, porque las preseas no se han quedado solamente en la natación. Si a algo le hemos cogido especialmente el gustillo en estos Juegos ha sido el meternos en charcos. Pero hay un charco especialmente español: el lago Rodrigo de Freitas de Lagoa. Allí se colgaron la medalla de oro Saúl Craviotto con su compañero (y ex tronista, ¿por qué no decirlo?) Cristian Toro. Allí también Marcus Cooper  dio a conocer su nombre a toda España y a todo el mundo con otra medalla de oro que nadie esperaba. Y allí también, por desgracia, Sete Benavides se quedó a 21 milésimas de catar un bronce olímpico que lleva dos olimpiadas resistiéndose.

Marcus Cooper, tras la final de K1 1000 metros / Imagen: El Confidencial

Pero si a los españoles nos quitaran la piscina y ese lago seguiríamos dando por saco (por no decir por culo). Eso lo demostró Maialen Chourraut en la prueba de K1 femenino. Bajó todo el circuito como quien baja las escaleras de su casa. Tenía la canoa dominada al cien por cien y no había quien la parara. Ni siquiera los palos, que además de molestar te penalizaban si los tocabas. Compitió bien y nadie superó esa bajada. Y como quien no quiere la cosa, otro oro pa la saca.

No sabemos cuántos metales tendremos que facturar en el avión de vuelta. Eso sí, diplomas olímpicos tenemos para dar y regalar. No sé muy bien para qué sirven porque en el medallero no se tienen en cuenta, pero los tenemos, que siempre sirve de consuelo. De todas formas, los españoles hemos demostrado lo que mejor se nos da en el deporte olímpico y fuera de él: mojarnos, tirarnos a la piscina y meternos en charcos. Eso se nos da de fábula, tanto en los Juegos como fuera. Si es que cuando explotamos nuestras virtudes somos imparables. Por eso, a los rivales ¡ni agua!

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